Fauna es una de esas palabras que siempre me han cautivado. Sus letras suenan en mi cabeza con una especie de misticismo y erudición que no puedo explicarme. Si a esto le agregamos que la fauna es una palabra que designa la variedad de vida animal de una cierta región, hemos encontrado el ejemplo perfecto de una cosa bella que tiene un bello nombre.
Vivir en la ciudad de México me hace olvidar a veces que el ser humano comparte el mundo con otras especies. Pasar una tarde en mi casa de Cuernavaca, húmeda y llena de poesía, me ha hecho recordarlo. Al llegar noté que había periódicos en el suelo con caquitas de golondrina. Le hice notar a mi madre la situación. Me dijo que la señora Angela les había tirado un nido y que en venganza se habían mudado a la sala.
-Este es el último año que les doy permiso- dijo mi madre, aunque en ese momento supimos los dos que eso era falso. Nadie en esta casa tiene el corazón para correr a las pobres golondrinitas. Acaso la señora Angela. Después agregó: -No me molesta que aniden en la sala, pero ojala tuvieran la decencia de salirse a cagar al jardín.-
Durante la hora de la comida se empezó a escuchar un chilladero de golondrinas que llamó mi atención. Mi madre dijo que se ponían así cuando Chabela, la gata, andaba cerca. Efectivamente ahí estaba la gata subida en una bardita volteando a ver al nido y lamiéndose los bigotes. Me sorprendió la precisión de la observación de mi madre en esto del comportamiento animal.
Al poco rato llegan Melquiades el gato, y Vaina de Chicharos, la perra, con una cabeza de rata de campo descuartizada. Empieza a llover y se escuchan los grillos y las ranas que cantan para que no escuchemos los murmullos de las almas en pena, dice Juan Rulfo. Cuando escampa brillan algunas luciernagas. Me entristece recordar que National Geographic ha dado datos de la disminución en el mundo de estos animales. En la noche salen las arañas y los pinacates. Antes de acostumbrarse a la fauna de esta casa uno no dormía hasta que no les metía un buen chanclazo, ahora sabemos donde viven, que comen y a que horas salen de sus escondites. En la obscuridad moran los tlacuaches. No es dificil verlos si uno se lo propone.
Al escribir esto, veo en una tabla de mi ventana un panal de avispas abandonado. Veo su geometría y su estabilidad, su natural belleza. Una forma de vida tan extraño, tan cotidiano.
¿Estaremos solos en el Universo? Yo no, yo me sorprendo de ver las tan variadas formas de vida de este planeta, de este jardín, de esta casa.
Mañana regresaré a la ciudad, por fortuna en villa olímpica hay gatos, perros, ardillas y palomas.
Lo malo de la fauna de la ciudad es que si no tiene dueño, entonces es una plaga. En temporada de lluvias hay un montón de mosquitos. No pueden cenar silenciosamente y sin sacar ronchas. Ni modo, me llevaré de esta casa uno de esos quemadores de plaquitas de Raid. Cuando se trata de dormir y de comer, lo que menos importa es la convivencia y el respeto por las otras especies.
Nos vemos luego
viernes, 19 de junio de 2009
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